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Mujeres se destacan en negociaciones de Paz

Escrito por  el 
4 Abril, 2011

Las mujeres colombianas a lo largo de la historia se han esmerado por construir paz, trabajar en la negociación del conflicto y aún no cesan.

Actualmente, siguen realizando importantes aportes, así lo revela la investigación de la historiadora Magdala Velásquez.

Varias voces de la sociedad civil, fundamentalmente desde el movimiento de mujeres, han insistido sobre la necesidad de recuperar la memoria sobre la participación de las mujeres en los procesos de construcción de paz.  Así planteado, el espectro es muy amplio, pues tal como pone en evidencia la variedad de paradigmas y perfiles publicados en Paz con Mujeres, son muchas y muy plurales las cosas que ellas han hecho -y siguen haciendo- en Colombia para construir la paz, tanto en ámbitos públicos como privados.

La historiadora Magdala Velásquez ha concentrado su investigación en un tipo específico de aportes de las mujeres: su papel en los escenarios de negociación del conflicto armado. A su vez, esta focalización ha requerido distinguir en su estudio dos maneras de analizar esa participación: por un lado, todas las acciones dedicadas a establecer mesas de negociación para el cese al fuego, y por otro, las acciones encaminadas a establecer un pacto de país que supere las causas objetivas de la confrontación. El avance de la investigación de Velásquez, presenta, ejemplos concretos de los importantes aportes que las mujeres han hecho en ambos sentidos.

Ella misma reconoce que ubicar esos aportes ha sido un trabajo muy difícil, pues la historia canónica los ha invisibilizado: “en las actas de esas negociaciones hay que buscar hoja por hoja, casi que con lupa, a ver dónde aparece una rúbrica de una mujer (…) porque históricamente en Colombia las únicas faldas que han aparecido en los lugares de decisión de la paz han sido las faldas de los curas”. Sin embargo, agrega: “yo tengo alguna información importante del papel que jugaron las mujeres feministas sufragistas, entre las que había liberales, conservadoras, socialistas y de distinta procedencia, cuando se negoció el pacto del Frente Nacional. Ellas incluso presentaron un paquete de políticas sociales que creían era indispensable poner en marcha para que ese pacto quedara sellado en profundidad”.

No obstante este registro más antiguo, el énfasis de su investigación está puesto en los procesos de paz que han tenido lugar a partir de los años ochenta, procesos adelantados justamente con las guerrillas que surgieron en el marco del Frente Nacional, que “degradó completamente el Estado, lo clientelizó, excluyó a todo lo que fuera distinto a los partidos liberal y conservador, sin que hubiera opciones sociales distintas salvo lo que ellos mismo acordarán”.

Fue el gobierno de Belisario Betancourt el que más claramente asumió la bandera de la negociación con los grupos guerrilleros. Durante este periodo la investigación de Magdala Velásquez ha encontrado un número importante de mujeres participantes, “sobre todo mujeres provenientes de la vida cultural del país: entre otras Margarita Vidal, Rocío Vélez de Piedrahita… Laura Restrepo también jugó un papel ahí en algunos escenarios”. No obstante, sigue sucediendo que la mayoría de investigaciones dedicadas a documentar ese proceso obvian aquellas acciones emprendidas por las mujeres: “se trata del silencio clásico y la falta de capacidad para ver lo que las mujeres hacen, para buscar lo que las mujeres hacen”.

Ahora bien, la investigación de Magdala Velásquez muestra que no se trata sólo de un olvido sistemático de las pocas participantes, sino que efectivamente el espacio de participación para las mujeres en los lugares de poder ha sido muy restringido. La historiadora nos muestra cómo, durante las negociaciones que tuvieron lugar a comienzos de la década de los noventa, (gracias a las cuales se logran las desmovilizaciones del Movimiento 19 de Abril – M19, y del Ejército de Liberación Popular – EPL) los registros recogen el nombre de muchas mujeres participantes, pero que ellas aparecen solamente “haciendo los discursos, pasando los textos, siendo auxiliares… y uno se pregunta ¿por qué no hay mujeres negociando? (…) ellas aparecen en los procesos pero no en los lugares de decisión”. Ninguno de los dos bandos (ni el gobierno ni las guerrillas) recoge en sus documentos oficiales firmas de mujeres, y aunque algunos nombres son muy recordados (como es el caso de Vera Grabe), ellas no fueron directamente negociadoras dentro de estos procesos.

Por lo mismo, el movimiento de mujeres se concentró durante los procesos de paz siguientes, en ubicar a algunas de sus representantes en esos lugares de decisión de los que habían sido sistemáticamente excluidas. Es así como en los intentos de negociación de finales de los años noventa (con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – FARC y el Movimiento de Liberación Nacional – ELN), la mesa encargada de establecer una estructura para el proceso estuvo integrada por tres hombres y una mujer: María Emma Mejía. “Ella fue la única mujer que estuvo en ese lugar tan importante de toma de decisiones, desde Margarita Vidal que estuvo en los años ochenta. Aunque después todo volvió a la normalidad histórica y ya no hubo más mujeres, ni de parte de la guerrilla, ni de parte del Estado”, advierte Magdala Velásquez.

En 1998 se crea el Consejo Nacional de Paz, para lo cual el movimiento feminista hizo un trabajo muy importante, liderado por la Red Nacional de Mujeres y varias académicas. Se trataba fundamentalmente de una incidencia ante el gobierno, para que en la norma constitutiva del Consejo se incluyeran las organizaciones que trabajaban por los derechos de las mujeres. La misma Magdala Velásquez fue en ese momento nombrada como delegada de las organizaciones de mujeres ante el Consejo Nacional de Paz, sobre el cual declara: “éramos 63 integrantes, entre los cuales estábamos sólo tres mujeres: Ana Teresa Bernal, la delegada de los derechos de la niñez, y yo. También estuvo Cecilia López por el tiempo que fue ministra, pero no más”.

El movimiento de mujeres hizo además lobby para que Ana Teresa Bernal lograra ubicarse en la Comisión Directiva del Consejo. En el mismo sentido, envió comunicaciones, tanto al gobierno como a las directivas guerrilleras, instándoles a una mayor participación de las mujeres en la fórmula negociadora. Como fruto de esos esfuerzos, dos mujeres fueron incluidas en el Comité Temático: Ana Teresa Bernal, por parte de la Comisión Nacional de Paz, y Mariana Páez, por parte de las FARC. También durante este último intento de negociaciones el movimiento de mujeres logró sacar adelante la Audiencia de Mujeres del Caguán, “que fue la mejor audiencia de todas, desde el punto de vista metodológico y de participación”, como señala Magdala Velásquez.

Su investigación, sólo parcialmente descrita en esta reseña, muestra lo que las mujeres han hecho en los espacios de negociación de la paz, y al mismo tiempo, lo que falta por hacer: “los espacios de negociación son los más duros y difíciles, porque la guerra es la peor expresión del ser humano y en su origen está el proyecto patriarcal, el proyecto machista, el sexismo (…) por su parte, la voz humanitaria del país es una voz feminista, de mujeres que salieron a la vida pública, a luchar por acuerdos humanitarios y todavía lo siguen haciendo con muy poco registro de prensa y con muy poca atención”.

Recuperar esas voces es parte fundamental de la memoria histórica nacional, y de las mujeres en particular, sin cuyo alcance tampoco será posible una paz duradera.

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